Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos paÃses, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivoque de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber quÃmico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas..

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener lÃmites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacÃa; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayorÃa, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasÃas que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.
EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolÃticos y demás drogas quÃmicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de MacorÃs: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista cientÃfica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los paÃses más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El paÃs que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos paÃses, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber quÃmico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los paÃses del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de BerlÃn.

Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, asÃ, un derecho legalmente consagrado en los muchos paÃses donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la GuÃa Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, asÃ, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancÃas en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser sÃmbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasÃas: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolÃtico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artÃculos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacÃa el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecÃan «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancÃas en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayorÃa de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minorÃa compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentÃo, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquÃes visten como en Milán o ParÃs y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oÃr no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudÃan al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efÃmero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancÃas, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquÃ, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raÃz, sin noche y sin dÃa y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancÃa de vida efÃmera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los Ãdolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayorÃa de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.







septiembre 7th, 2010 a las 20:59 pm
La neta.
septiembre 8th, 2010 a las 11:44 am
felicitaciones por esta aportacion, pero es la cruda realidad de la situacon mundial.
es la aportacion de la globalizacion de la que muchos gobiernos dicen maravillas pero no han o no quieren ver los estragos que esto cuasa.. que tristeza.
mayo 17th, 2011 a las 14:04 pm
Obrero del Saber yo te saludo
Atleta Infatigable de la ciencia
Como un pequeño homenaje a los Maestro de mi pueblo (Yosondúa), en especial y a todos los maestros en general, transcribo este mensaje, que me encontré entre los libros viejos, parece que es del poeta español “León Felipe”, aunque algúnas personas dicen que es del: PROF. LEOBARDO RICARDO PRUDENCIO.
Primer profesor bilingue de la Comunidad IndÃgena de Zacualpan, Estado de Colima
Maestro, Brindo en tu honor, ante tu altar ¿Dónde? ¿Dónde está tu monumento?
Si fueras coronel y trajeras tu fusil colgado al hombro te podrÃan una medalla por cada ser humano asesinado e inmediatamente ascenderÃas a general y pasarÃas a la historia como un héroe. Un héroe nacional.
HarÃan tu esfinge en bronce, mármol y oro y un escrito que en la letra asà dijera: “Salve o mártir que cubriste con decoro las armas nacionales en todas las trincheras. PondrÃan tu nombre en calles, parques o jardines y con toques de trompetas y clarines harÃan que fuera el pueblo tu templo a besar y en vez de cuatro cirios estarÃan cuatro cadetes del colegio militar.
Es triste maestro pero es realidad, tu que luchas a diario por los campos, por las sierras, por las veredas y hoyancos, donde con tu sangre fuiste regando los caminos donde hiciste a tantos campesinos, donde les enseñaste que entre el lápiz y el abismo hay una gran distancia y esa distancia se llama analfabetismo. Donde con tu sudor se fundieron las armas de tu esfuerzo, y con tu sabidurÃa hiciste cada niño un pájaro que vuela, y con tu sonrisa formaste un jardÃn lleno de rosas, y con tus cantos maestro, nacieron sin querer las mariposas. Tu que libras a diario batalla tras batalla sin ruido de fusil, o disparo de metralleta Tienes que esperarte medio siglo a que pongan en tus escuálidas manos la famosa medalla Altamirano ¡Una sola maestro! ¡Una sola! No mereces más, no mereces más Porque tu espada es de armiño, es gris, es pizarra, es arcilla que no mata, y es escoria que no sirve en los campos de batalla y es ceniza que no enciende y es ceniza que no deja huella en el camino y es el rÃo que perdió por siempre el cauce.
Tus esfuerzos, no sirven maestro, tus desvelos a nadie le importan, a nadie le interesan, porque el honor y la gloria solo se ganan en los combates y tu no te enseñas con los niños que salen a tu encuentro no te rÃes a carcajadas del dolor que llevan dentro nunca la espalda les das si te piden maestro, un consejo.
Jamás dañas, jamás rÃes, jamás matas tu labor, no es destruir idas, tu misión es hacer hombre que sepan construir sus propias vidas.
Cambiaste estrellas y barras por espinas dejaste casa, padres y hermanos por una sola dicha, hacer de un niño un pavo real de mil colores. Dejaste lujos, alfombras y cortinas por una choza humilde y de cartones, dejaste mesa con platillos y manteles por irte a pasar hambres con las gentes que sueñan con castillos de oropeles.
Y ese sacrificio ¿Quién te lo toma en cuenta? te humillan cuando pides aumento de salario, se mofan cuando exiges respeto a tus derechos se rÃen, se burlan, te miran con desprecio en cambio si te exigen que cumplas un programa, que rindas pleitesÃa a aquel que te difama que aplaudas sus conquistas, sus logros y sus famas.
Y no debes hablar mal de nadie eso es ser antirrevolucionario. si dices la verdad cometes sacrilegio si exiges lo que es tuyo, eres un necio si expresas lo que sientes o no sirves a la causa si tomas la bandera defendiendo campesinos en la cárcel te irás muriendo a pausas.
Entonces no habrá organismos que surjan por ocasión ni padrinos que tomen por su cuenta la defensa, en cambio, si ven brillar el sol en tus manos serás el amigo, el compadre del alma y tendrán la desvergüenza de tratarte en la calle como hermano.
Que triste maestro, que triste se consume tu cuerpo y te resistes a morir en un lecho cuajado de delicias cambias todo por un puñado de sonrisas que vengan a apagar el dolor si estás enfermo, y llevarte sus caritas gravadas en tu viaje hacia lo eterno.
Y no quieres minutos de silencio, ni zarzuelas de espadas, fusiles o metrallas te humillan sus honores con todo y sus medallas te ofenden las limosnas que ofrecen como aumento poniendo en duda, maestro, tus conocimientos.
Y tu sigues con el pecho erguido sin darte cuenta que eres hombre de una sociedad perdida.
Tu barca que en vez de ser la reina de los mares es canoa de ingratitudes y pesares El campo que laboras es desierto donde anidan serpientes ponzoñosazas Que se arrastran con cautela tenebrosa Esperando descargar su veneno entre tus carnes
Maestro ¿Dónde? ¿Dónde está tu monumento?